"Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un «¡Ahhh!»", Jack Kerouac


martes, 15 de mayo de 2012

Poema: La luz de tu sonrisa

Acabo de preparar para enviar a concurso una de mis poesías.

Borro. Escribo.

Acabo de preparar para enviar a concurso mi mejor poema. Un soneto, para el único concurso que sabe valorar las formas y la estrofa más bella que jamás el hombre podrá hacer. No espero ganar, mucho me pese, por dos motivos muy básicos.

No, no diré, como algunos, que creo que mi calidad no da la talla. Creo fervientemente que mis poemas son buenos (especialmente de un tiempo a esta parte), si no lo creyese así, estaría faltando a la belleza de ciertos lugares, ciertas personas, ciertos momentos de mi vida. La razón principal que suele darse para que no crea que vaya a ganar un concurso suele ser que la estrofa en este siglo ha sido una anécdota. Mucha gente escribe poesía, pero por dios, cuántos se pueden llamar a sí mismos poetas. Todo a lo que se ciñen es a poner palabras, unas tras otras, y cuando les apetece, darle al enter, y seguir escribiendo en la línea de abajo, sin siquiera sentimiento. La poesía de verdad, la poesía del Siglo de Oro, está muerta, asesinada por los críticos faltos de criterios y una racha de pseudopoetas de dudosa calidad que han ido desfilando desde que perdimos Cuba. El segundo motivo de que crea que no vaya a ganar es mucho más sencillo: se trata de un concurso internacional al cual podrían venir cientos o quizás miles de personas.

En cualquier caso, hasta cierto punto no me importa no ganar. No soy tan cínico como para decir que realmente me da igual. No por favor, quiero ganar, y quiero ganar con este poema en especial, después de tanto tiempo sin escribir nada remarcable. Pero digo que no me importa, porque espero poder editar algún día mis poemas en un libro, así que, a la larga, todo el mundo que quiera va a poder leerlo.

Pero como adelanto, lo voy a poner aquí. Lo he tenido que modificar un poquito por ciertas razones técnicas, pero es prácticamente igual al presentado en el concurso. Me gustaría que dieseis vuestra opinión de qué os parece a las personas que os pasáis por aquí con asiduidad (gracias por leerme), y si no podéis, no pasa nada, con saber que lo habéis leído me basta.



La luz de tu sonrisa

En el mar de tus ojos me perdiera,
pirata de tu amor siempre sería,
tus buques, uno a uno rendiría,
tesoros, uno a uno los tuviera.

La luz de tu sonrisa amaneciera,
mi bergantín con ella partiría,
largad velas, fijad rumbo; es guía
mi amor, timonel que siempre fuera.

Siete mares, plus ultra la belleza
aguarda, eres todo lo que quiero,
tú, amor, eres todo mi tesoro.

Si un corazón es dulce, la pureza
de tu fragancia retener espero,
que todo el mundo sepa que te adoro.

                                           JBL




Sencillamente me encanta. Está mal que lo diga su autor, pero leerlo me hace sentir increíble. Espero que os haga sentir algo similar y lo disfrutéis, y que, en definitiva, os guste.

Porque al final, todo lo que quedará será la poesía.





Jesus Burgos Lobo
Semper Fidelis

lunes, 14 de mayo de 2012

Algunas cosas personales

He de reconocer que, en el fondo, no me gustan las sorpresas.

En verdad, lo correcto quizás sería admitir que no las valoro, pero en definitiva la idea es que no soy muy de alegrarme con las sorpresas. Esto es así por dos motivos.

El primero de ellos, es que es muy difícil sorprenderme. Suelo olerme que alguien está tramando algo, y en ese momento mi cabeza empieza a pensar sobre lo que será. Y, puede parecer absurdo, pero después cuando recibo la sorpresa a veces puedo sentirme desilusionado porque mi mente, de tanto pensar, había dado por hecho una sorpresa mejor de la que he recibido.

El segundo motivo es que me gusta saber por dónde están yendo las cosas, es decir, tener planes respecto a ello. Quiero saber exactamente que música está sonando y va a sonar, y en cuanto algo no entra dentro de lo que esperaba, me tiro a la defensiva. Avanzar a ciegas no es algo que me guste por ese sencillo motivo, necesito saber hacia dónde se camina, para saber reaccionar de la mejor forma posible a los acontecimientos.

Creo que de esta faceta mía se deriva el que no me guste hacer o recibir regalos. Me pone bastante tenso ambas cosas, porque realmente no sé ni qué debo regalar, ni cómo reaccionar ante estos regalos que, usualmente, no van a gustarme. No es como si pudiese mentir y decir que realmente me encantan, pero sé que tampoco puedo decir que no me gustan por no hacer quedar mal a la otra persona. Lo mismo me pasa al regalar, no sé que espera la otra persona, ¿no se supone que, si realmente quisiera algo, ya lo habría comprado? No sé, no me importa regalar cosas personales de mucho valor sentimental a las personas más cercanas a mí, a las que realmente siento que tengo que darles algo, pero no entiendo por qué tengo que darle algo a alguien el día de su cumpleaños. Entendedme, no me importa pagarle su propio regalo, pero no me gusta elegirlo, porque además no me iba a gustar que la otra persona tuviese que mentir porque le he regalado algo que no le gusta.

Es una de las múltiples razones por las cuales no celebro mi cumpleaños. Detesto mentir, y muy pocas personas me conocen lo suficiente como para poder saber lo que realmente me gustaría que me regalasen. Así, nos ahorramos el gasto innecesario y el tener que mentir y decir que me gusta el regalo. Sólo me gustan los regalos que salen realmente del corazón, y esos sólo deberían entregarse en contadas ocasiones, no cada año. Además, sobre esos regalos, que le gusten a la otra persona requiere que realmente sepa lo importante que significa para ti. Realmente muy complejo.

Esta creo que es una de mis facetas más arraigadas y que no creo que pueda cambiar nunca (y no es que no lo intente). No sé regalar, y tampoco soy muy bueno aceptando regalos (especialmente porque automáticamente creo que tengo que devolver esos regalos, y me hace ponerme algo tenso la idea). La solución podría ser preguntar a otras personas, pero eso me gusta aún menos. Me parece que quedo como aún más tonto al preguntar a otra persona cercana qué podría comprarle de regalo. Si realmente no soy capaz de saber lo que le gusta, ¿cómo voy a entregarle ningún regalo sabiendo que ni siquiera lo he elegido yo? Creo que es bastante absurdo.




Jesus  Burgos Lobo
Semper Fidelis

domingo, 13 de mayo de 2012

Esos pequeños placeres

Me gusta el café sólo con canela. También me gustan las golondrinas. Me gusta el cielo repleto de estrellas, y el amanecer, y el buen jazz. Me gustan los campos de Castilla, siempre amarillos, y la poesía clásica y eterna.

Me gusta viajar, experimentar, jugar, perderme por las calles de Bangkok, en los bosques de Chengdu o cruzar el Himalaya para ver el palacio de Potala en la lejanía, siempre brillante, como bastión primigenio de la verdad.

Me gustan los trenes, y la tundra, y el transiberiano, o el transmanchuriano, y ver las estepas de Genghis Khan. Me gustan los barcos, las flotas, las tormentas, los rayos, la lluvia, los puertos, los peces. Me gusta cruzar el mundo por el hecho de capitanear un bajel. Me gusta comerciar, comprar, gastar, y me gustan las cosas pequeñas, que han requerido mucho esfuerzo y precisión.

Me gusta el incienso, y las cerillas, y las banderas, y las montañas, y los bosques neblinosos, y las grandes ciudades, y las pequeñas aldeas que esconden de por sí cientos de historias que jamás sabremos.

Me gusta mirar, observar, comprender, trazar estrategias, fallar y volver adelante. Me gusta aguantar, defender, sentirme superado, porque me gusta reponerme, mejorar, siempre mirar más allá y más lejos del horizonte.

Me gusta soñar, inventar, innovar, idealizar. Me gusta apoyar, unir causas, sentirme un caballero. Me gusta sentirme bien, que me hagan sentir bien.

Me gusta escribir y no decir nada. Me gusta cantar, y tirarme a mirar el techo de mi habitación sin dejar de pensar en lo que quiero. Me gustan los placeres más idiotas de la vida.

Me gusta ver las gotas deslizarse por el cristal, y dejar lo mejor de la comida para el final. Me gusta comer la yema de un bocado, quitando primero la clara, y las patatas congeladas que son largas, y el comer queso.

Me gusta sentirme libre, y que me retengan. Me gusta dudar. Me gusta decidir y que decidan por mí. Me gusta no entender porque me gusta aprender. Me gusta seguir. Y reír, y bromear.

Me gusta la pintura. Y Velázquez. Y el impresionismo. Y la Historia. Y la economía. Y la filosofía. Y hablar sobre temas relevantes. Y no decir nada. Y escuchar. Y brillar y brillar.

Me gusta sentir cerca a las personas a las que quiero. Y verlas sonreír. Y abrazarlas. Y besarlas y que me besen. Y quejarme, y hacerme el arrogante, y agobiarme por nada e irme y volver al pie del cañón, más fuertes, más dispuesto.

Me gusta ver al amanecer las estelas de los aviones y pensar sobre esos vuelos, y sus destinos, y sus historias y sus vidas. Me gustan las luces solitarias en la noche.

Me gusta cocinar y limpiar. Y no hacer nada y estar echado el suelo, pensando. Me gusta estar loco, y que de repente sienta la imperiosa necesidad de hacer algo inútil.

Me gusta no estar limitado nunca. Me gusta saber que yo creo lo que quiera, que el mundo es muy pequeño cuando estas conmigo. Me gusta invertir, y quebrar, y fracasar mejor, y olvidar y recordar siempre.

Me gusta compartir mis ideas, y mis gustos, y mis alegrías. Me gusta poner en común ideales y actuar. Y mientras tanto, me gusta tomar té azul, o blanco, o verde, o rojo. Me gusta recostarme en mi asiento con los pies sobre la mesa, en pijama, y tomármelo todo con calma. Y me gusta el taoísmo, y practicar con mis espadas, y con mi bastón, y sentirme uno con el ambiente, y girar y girar en las ocho direcciones.

Me gusta tocar el teclado, y sentir que mis pensamientos se organizan. Y las fotos en blanco y negro. Y en sepia. Y los campos de arroz de Vietnam. Y el sánscrito. Y Cuba. Y París, Venecia, Praga, San Petersburgo, Kioto. Y me gusta ir a arrodillarme frente al templo de Zhuge Liang. Y respirar en Chibi. Y saludar a Masamune Date en Sendai.



Me gusta, ante todo, la simplicidad de saber lo que me gusta. Y me gusta que lo leáis y lo sepáis.


Sencillamente, me gusta estar donde estoy, ser como soy.





Jesus Burgos Lobo
Semper Fidelis

sábado, 12 de mayo de 2012

La disonancia de la elección y el favor de los sentimientos

Si hay algo que el ser humano jamás va a poder entender es el por qué de la existencia.

Siempre me lo he preguntado, qué se supone que debemos hacer aquí. Esta bien, es correcto pensar que se puede llegar a ser un gran escritor, un rico empresario, un astronauta... y miles de cosas más. Pero debemos darnos cuenta de una cosa, esos objetivos sólo se sostienen desde la propia existencia humana.

Es decir, cuando el ser humano comenzó a poblar el mundo, ninguna de esas aspiraciones existían, y se puede asegurar que eran personas felices (seguramente mucho más felices que nosotros, de media). Podías llegar a ser jefe de tu tribu, o un gran cazador... y poco más.

Siempre mantuve que las limitaciones sobre los objetivos de la vida te hacen poder lograr la felicidad más rápidamente, y así puede leerse en una de las entradas de este blog. Básicamente se explica con el mítico ejemplo de la elección del sabor en la heladería. Si sólo existe el helado de chocolate, vas a estar contento con tu helado de chocolate, pero en cuanto existe el de chocolate y el de vainilla, vas a llegar con dudas, y en cuanto elijas uno de ellos, la disonancia cognitiva te va a hacer dudar sobre si realmente preferías el otro sabor, por tanto, vas a perder utilidad (es decir, felicidad) sólo por el hecho de tener que elegir.

Algo tan simple como eso, ilustra perfectamente la idea que siempre he querido transmitir: la única razón por la cual existen personas que no saben hacia donde van es la enorme cantidad de destinos posibles. O dicho de otra manera, cuando sólo te gusta una cosa, tienes tu vida resuelta de forma muy sencilla.

Mucho me pese (y alegre), a mi me gustan miles y miles de cosas, y me gustaría serlas todas ellas a la vez. Nos pasa a todos, ¿no es cierto? Las aspiraciones en la vida, que no son más que objetivos artificiales que el ser humano se ha puesto, son tantas y tan variadas, que las elecciones las hacemos a veces por descarte. Y, por supuesto, al hacerlo por descarte, no es lo mismo que si lo hiciésemos por vocación, porque realmente queremos hacerlo.

Uno de los principales motivos de que no sepamos qué elegir es que no existe un sentimiento claro que rija ese asunto. Por ejemplo, sobre el helado, el gusto nos dice que ambos sabores nos apetecen, y ya está. No hay forma de descarte por esa vía. Como mucho, deberíamos tirarnos a pensar que el helado de chocolate empalaga más, o que el de vainilla es más fresco. Vamos, asignamos una serie de cualidades que no necesariamente son ciertas al objeto en cuestión, para poder justificar la elección. Alguien puede querer ser escritor por la fama, y al final acabar en una esquina olvidado.

Pero a veces tenemos muy claro lo que queremos. Esto sólo ocurre cuando hay un sentimiento que rige perfectamente lo que queremos hacer. Que lo hacemos porque nos gusta. Porque queremos. El querer es el único motivo emocional que nos lleva a ejecutar acciones sin esperar a veces nada a cambio. Es decir, escribir o pintar por hobby. A veces nadie sabe de esas aficiones, son sólo nuestras, secretas, porque realmente no importa lo que opine el resto de la gente al respecto.

A veces, en las relaciones humanas, sucede que llegamos a querer a las personas. No esperamos nada a cambio, simplemente las queremos por el hecho de quererlas, porque nos hacen sentir bien. Pero, en definitiva, la gracia de querer a ciertas personas es que, sin necesidad de pedir nada a cambio, nos entregan todo. Al fin y al cabo, si esperases algo, el sentimiento se juntaría con cierto oportunismo, porque esperamos que al quererlas nos entreguen cosas.

La gracia de todo esto es el dar por el hecho de dar, el querer por la gracia del querer.






Jesus Burgos Lobo
Semper Fidelis

jueves, 10 de mayo de 2012

Buen día tenga usted

Amanece un día estupendo en Oviedo, tan bueno como ayer, que da a entrever que el verano quiere llegar por adelantado. Una bandada de golondrinas pasan rápidas, en formación, posiblemente cazando pequeños y desafortunados insecto. Y, todo sea dicho, entre el calor del sol y del ordenador, comienzo a asarme un poco.

No estaba tan mal asarse, en realidad. Hacía mucho que no llegaba el buen tiempo, a pesar del extraño invierno que hemos tenido. El mayor problema que le encontraba al asunto es que con la claridad me dolían bastante los ojos. También esto podía compensarse, si se volvían verdes o al menos se tornaban más claros, como solía ocurrir en estos casos.

Y mientras tanto, seguía aquí sentado, escribiendo a ratos, pensando sobre qué voy a hacer en vacaciones. Sí, queda un camino corto pero muy duro para ello, todos los exámenes finales más parciales que todavía nos han puesto, pero realmente, de alguna manera, merecía la pena sentarse a reconsiderar el asunto.

La cuestión es que pasaba demasiado tiempo ocioso, sentado, sin demasiado que hacer. Lo máximo que hacía era escribir poesía, aunque desde hace un par de días me encontraba bastante empantanado conmigo mismo como para poder sacar un verso coherente. Por eso, lo último que había pensando, era pintar.

No, no tengo la menor idea de pintar, pero eso no es problema, me gusta aprender por mi cuenta, tampoco sabía escribir poesía, y he hecho enormes avances. Al fin y al cabo, para hacer abstractos sólo se requieren sentimientos. Son, de alguna manera, similares a los poemas sin estrofa. No tienen forma, pero tienen algo detrás de ellos que se les puede llamar belleza. Además, creo que un abstracto enmarca bastante bien el conjunto de sentimientos que tengo ahora mismo. Quiero decir, es difícil estructurarse a uno mismo cuando los problemas que se monta salen de sí. Si el problema es externo, encararlo es muy simple. Pero si el problema eres tú, o viene de ti, ¿cómo puedes encararlo? Pues la idea es hacerlo salir precisamente, a base de pintura.

Podría ser a base de poesía, de hecho, solía ser así, pero de alguna manera no encuentro el hilo para poder dar pie a un verso. Si lo hiciese de esa manera, debería juntar palabras bellas con argumentos sin sentido, sin orden alguno en el verso, y no me gustaría romper la racha de poemas que tengo actualmente, a cual más bello. Porque, para escribir una poesía, sólo se requiere una musa.

En cualquier caso, cuando llega el momento de la verdad, encarar el problema puede dar pie a más problemas, especialmente si no se tiene fuerza de voluntad. Yo voy a tener que pedirla prestada, pero lo cierto es que dicho problema se va solucionando sólo, poco a poco se va reparando el mundo interior que había colapsado sin motivo aparente. Quizás había sido un problema de construcción, quizás de demasiada fuerza aplicada sobre él. En cualquier caso, lo único que se podía hacer era desescombrar y reparar, como siempre.

Dicho de otra manera, a veces llegan momentos en los cuales podemos llegar a dudar de nosotros mismos, de hacia dónde vamos, de qué hacemos o incluso quiénes somos. Esas respuestas a veces son muy sencillas, a veces muy complejas, y si tuviera que elegir, diría que, actualmente, no me veo capacitado a responder a ninguna de ella. Lo único que puedo decir al respecto es que tengo la suerte de saber que si necesito ayuda, hay gente a la cual puedo recurrir, y hay otra gente que, sin pedirle nada, se involucra ella misma a pesar de todo.

Y como suele decirse en estos casos, el tiempo pone a cada uno en su lugar. Eso me recuerda que sí, es cierto, no tengo ni idea de hacia dónde voy, pero sí sé lo que quiero. Supongo que, a veces, es tan sencillo como construir un puente entre tú y tu objetivo. Dista de ser fácil, y a veces la obra se retrasa por diversos motivos, pero confío en mis proyectos cuando los emprendo.

Emprendamos.



Frase del día:
Nuestro todo es más que la suma de sus partes.






Jesus Burgos Lobo
Semper Fidelis

miércoles, 9 de mayo de 2012

Welcome back

Pausas. Silencios. Descansos.

Todo es igual si, al final, regresas de nuevo con una sonrisa.

Nunca es tarde si la dicha es buena, o eso dicen por ahí. Realmente me gusta pensar que esto es cierto, porque en tanto que yo regreso ahora a hacer esta entrada (y quién sabe si, de forma asidua, alguna más), alguien le echará un vistazo en alguna parte de la Tierra, y se creará una opinión, o nacerá una nueva idea. Si nunca la hubiese escrito, ¿quién sabe qué hubiese pasado entonces?

Cada uno hace lo que hace por alguna razón, y todo lo que calla, todo lo que deja a un lado, es todo lo que se pierde, para bien y para mal. A veces llegas a cierto lugar, a cierto momento de tu vida, en el cual sencillamente la posibilidad de dejar a un lado las cosas es la que realmente se deshecha: es la época del cambio.

Me gusta cambiar, detesto quedarme siempre parado en un pensamiento, en una idea, en una vida, necesito mutar al siguiente estado, sea cual sea, sea donde sea. A veces este pensamiento, y la imposibilidad del cambio, me hace caer en un profundo y negro vacío de mi mundo interior que me traga con todo lo demás y me convierte en una persona con una sombra negra en la mirada. Pero a veces, alguien brilla lo suficiente a tu lado como para darte toda la luz que necesitas.

Creo que ese es el nuevo estado que he admitido, la siguiente parada de mi vida. Esta vez he querido coger ese tren, y ha sido lo mejor que he podido hacer.

Hasta hace nada, podría resumir el vivir como una sucesión de cosas que van ocurriendo mientras tú tratas de gestionar todas esas cosas sin demasiado sentido. Te dedicas a existir. Sólo a veces vives. Cada uno vive cuando hace alguna cosa, en alguna parte, sólo o con alguna persona. A mi me encantan hacer locuras y cosas idiotas, especialmente si sabes escoger la compañía. Me encanta olvidarme de donde estoy, de lo que está pensando el resto de la gente de mi, y hacer lo que quiero hacer. Y hacerlo con quien quiero hacerlo.

Ahí a la derecha siempre estará esa frase de Kerouac sobre la locura. Amigo, que gran razón tienes. Sólo me interesan las personas que están locas, porque son aquellas que hacen genialidades. Las personas normales son aburridas, siempre haciendo lo mismo, siempre en esa rutina que llaman vida pero es en verdad existencia. Pero las locas... Las personas locas hacen siempre que sonría. Es por eso que estoy seguro que la locura es la mayor virtud que puede tener una persona si realmente busca huir de la rutina.

Es por eso que me encanta volver al blog de vez en cuando, para disgregar sobre las locuras de la vida, las vueltas que da, y las personas geniales que, de vez en cuando, aparecen en tu vida, como un soplo primaveral.

Exactamente con la misma fragancia que un soplo primaveral.

domingo, 9 de octubre de 2011

Crisis de existencia (o de intelectualismo)

Acabo de entrar en una crisis intelectualista o existencialista (aún no puedo saber de qué tipo es), y no sólo he puesto en duda mis propios conocimientos, sino mis propias decisiones. Es decir, si estoy cuestionando mis conocimientos, ¿puedo inducir que he hecho lo correcto hasta ahora? Supongo que sí, porque estaba eligiendo según mis propios conocimientos, pero desde un punto de vista más global, las decisiones que he estado tomando no son las correctas. Dicho de otra manera, podría estar en un punto de inflexión en mi propio razonamiento de que siempre tomo la mejor decisión, porque es la que he tomado y la que he creído conveniente. Si asumo que lo que sé no es suficiente, no he estado tomando mis decisiones de acuerdo con las mejores (esto no quiere decir necesariamente que no he hecho lo correcto, sino que, de haberlo hecho, podría haber sido un hecho totalmente afortunado). Porque me planteo lo siguiente, ¿el pensamiento evoluciona o cambia? Si tomo como cierto lo primero, que evoluciona, debo asumir que todo lo anterior era una forma de conocimiento inferior a la actual, y por tanto mis decisiones han sido "menos correctas" de las que podría tomar ahora. Si tomo como cierto que cambia, no tendría el problema de dudar sobre mi propia capacidad de decisión, pero sí lo haría sobre mi futuro, porque tal cambio podría ser para peor (en verdad sería una involución, un tercer término, pero lo agrupo aquí porque me parece más conveniente).

Claro que podría defenderme desde el punto de vista de que, para estar hoy aquí, diciendo esto, he tenido que pasar por todas las decisiones que he tomado, y por tanto tan malas no han sido... o sí. No es que esté en un mal lugar, pero desde luego he tenido mejores sendas (aparentemente) que recorrer. No puedo afirmar con un punto de vista largoplacista que no esté actuando óptimamente, pero cortoplacistamente no estoy donde mejor podría estar. Aunque si ha esto le aplico la premisa de que lo bueno a corto no lo es a largo y viceversa, no estaría tan mal. Pero negar el propio término no afirma el contrario. Es decir, que no esté tan mal no quiere decir que esté bien. Me estoy perdiendo tantas cosas por jugar a maximizar mi felicidad de forma más cortoplacista que me da la impresión de estar sacrificando mi propio intelectualismo de mañana. Supongo que ese es el miedo que tengo, pensar que mañana no voy a ser nada porque no estudio a los grandes. Aunque mis conocimientos sean parte de Sun Tzu, Lao Tse y Ortega y Gasset, ordenados cronológicamente, hasta el momento. La siguiente etapa me pregunto de quién será, se la quiero atribuir a Confucio, porque con ello lograré la moderación que necesito, pero aún sabiendo que eso es lo que debo hacer (moderarme), si no lo hago, ¿no me convierte eso en una persona más estúpida, por saber qué hacer y no hacerlo? ¿No es esa la historia de mi vida? ¿Estoy, no obstante, sufriendo un cambio más profundo que la simple necesidad intelectual, y podría ver en el horizonte un cambio hasta el alma y el corazón, y cambiar mis expectativas de vida y mi forma de alcanzarlos? ¿Y cómo sé que lo estoy logrando? Bueno, supongo que eso se sabe con el tiempo. Qué inteligente me sentía ayer, y que imbécil me siento hoy. Y que ironía que precisamente sea más correcto lo inverso, ser imbécil ayer por creerme inteligente, y ser inteligente hoy por saber que soy imbécil.