"Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un «¡Ahhh!»", Jack Kerouac


miércoles, 27 de abril de 2011

Frases y comentarios: Primer Capítulo

Hoy estreno una sección que me gustaría mantener. Se trata de coger frases, extractos de los libros que estoy leyendo, y analizarlos desde mi punto de vista con cierta profundidad. Bueno, aviso que la interpretación es de mi punto de vista y puede diferir de la del resto, pero allá va.



“Del amor y el matrimonio”, David Hume

Página 42, último párrafo, haciendo referencia
al esfuerzo para conseguir un objetivo.

“Este trabajo es en sí mismo el ingrediente principal de la felicidad a la que aspiras, y que cada gozo pronto se hace insípido y desagradable cuando no se alcanza mediante el esfuerzo y la laboriosidad.”


Es decir, el camino, y no el fin, nos reporta la felicidad. Estaría totalmente de acuerdo si asumiese pues que la felicidad no es el objetivo, al menos no el único, de vivir. Aunque se crearía un problema serio, si yo asumo que la felicidad no es fin último, sino una cierta externalidad positiva del esfuerzo derivado del trabajo duro, y como la vida es camino, no fin, tendría que asumir al menos que la felicidad está presente en nuestras vidas queramos o no, y cualquiera pues podría plantearme lo siguiente: si está tan presente en nuestra vida, entonces es que el ser humano vive para ser feliz. Yo no llegaría a tanto. Hume dice que se llega a través del esfuerzo en realizar cierta tarea, y pone tras esas líneas el ejemplo de unos cazadores que se levantan al alba y arriesgan sus vidas para, al cazar la ansiada pieza, descansar alrededor de la hoguera y comparar ese descanso con el esfuerzo. La primera premisa que deberías aceptar es que a la gente le gusta poner su vida en peligro, sentir la muerte cerca le da vida, cosa que no es tan raro debido a que la muerte es vida, sólo la vida es vida gracias a que existe la muerte, no nos reducimos a mera existencia [Ortega y Gasset]. Pero es que al decir ese ejemplo Hume está demostrando que es el descanso, la omisión de trabajo forzoso, la que nos hace felices, no ese trabajo por sí mismo. Es como asumir que, un preso tras estar en la cárcel veinte años y salir a la calle y sentirse feliz, es feliz porque ha estado en la cárcel. Cierto es que se puede aceptar que el preso, privado de sus libertades y al recuperarlas ahora, se siente felizmente extasiado, pero entonces debería aceptar que los cazadores en verdad lo que disfrutan es el descanso, y no el trabajo duro como afirma en su frase Hume. Lo que ocurre es que, al haber sido expuestos al peligro y al trabajo duro, privado de sus libertades, después la gracia del descanso les parece más gracia por un 'efecto salto', es decir, dar un brinco desde una situación muy desagradable a una situación mucho más cómoda. Entonces lo que asume Hume es que debemos sufrir siempre, porque son los saltos hacia las posiciones 'de reposo' los que nos hacen felices.
De esa frase que mantiene dice derivarse la felicidad: la felicidad se goza cuando es traída por el trabajo duro. Yo diría que de ella se deriva el dolor. No, dolor no, la pesadumbre, el cansancio. Hume plantea en sus palabras no que debemos evolucionar en nuestra felicidad, sino que debemos hundirla de vez en cuando para sentir lo que tenemos, para valorarlo. En verdad, ahora argumentado, es un punto de vista interesante, aunque contrario a la naturaleza social y humana. El placer en la sociedad funciona de la siguiente forma: si tengo un coche siempre querré otro mejor, y debo trabajar para conseguirlo. Hume plantea que debemos destrozarle el coche delante de sus narices, y después devolvérselo arreglado para que entienda lo importante que es su coche. Es decir, provoca cortes en el crecimiento de las necesidades humanas, que van hacia el infinito. Es una práctica muy prudente por ese avance hacia el infinito que trata de evitar y hacer que nos conformemos, pero es totalmente imposible llevarlo a la práctica. El ser humano devora bienes, compra, y después compra otro mejor, porque piensa que mejora su felicidad. Intenta maximizar su felicidad a base de entrar en una espiral sin final. Hume invita a cortar el flujo de bienes y provocar moderaciones forzosas que nos hagan valorar lo que tenemos. Nunca se equivocará la frase “no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”.

jueves, 7 de abril de 2011

La Felicidad: de fin último a destino inalcanzable.

Acabo de llegar a una conclusión bastante curiosa con respecto a una de las creencias más extendidas entre las personas: el hombre vive para ser feliz. Bueno, no es que niegue tal afirmación, pero si debería matizarse, y entenderse lo que se está aceptando con tal premisa. Los que afirman categóricamente que el fin último del hombre es su felicidad suelen aceptar el siguiente hecho: el ser toma las decisiones en su vida buscando esa felicidad. Esto ya no lo puedo admitir de tal manera. Me explico. En primer lugar, que yo beba agua, no salte desde un séptimo y me mantenga alejado de los cables de alta tensión no son decisiones que busquen mi felicidad, son decisiones que me mantienen con vida, esto es, decisiones de tipo animal (he elegido ese nombre porque son de instinto, son primarias, de nuestro cerebro más instintivo). Por lo tanto, podríamos admitir que el hombre decide en cuanto a sus decisiones de tipo animal (que podría alegarse que en realidad está determinado a elegirlas o morir, con lo cual sí tienen fin último la felicidad; no es una mala refutación, pero no me puedo parar a tratarla ahora), y sus decisiones de tipo emocional (la felicidad). Pero en realidad nos puede otra parte del cerebro, la lógica, que no siempre se comporta como su nombre indica y verán por qué. Una decisión de tipo lógica, sería decir: "cobro más, así pues tenderé a ser más feliz". Esto no es cierto en todos los casos, el dinero sí asegura un bienestar necesario para alcanzar la felicidad (te permite alimentarte, te permite una vivienda, te permite una estabilidad con tu pareja, te permite tener una familia... [no sirven refutaciones en cuanto a tribus y culturas que no usaban el dinero: en cuanto vives en una sociedad con dinero estás determinado a tener que ganarlo, gastarlo y acumularlo en mayor o menor medida]), pero un aumento de sueldo puede acarrear, por ejemplo, un aumento en el tiempo de viaje a nuestro puesto de trabajo (si cambiamos de empleo), y está demostrado que tener un tiempo de viaje al puesto de trabajo alto estresa y para nada ayuda a ser feliz). Una decisión de tipo lógica puede ser: "en realidad, tal persona es una vaga, y/o pasa de todo lo que le diga, y/o solo sabe salir de fiesta, con lo cual no me conviene para nada". Pero la tercera parte del cerebro te responderá: "es que en realidad ya te has enamorado". Las decisiones de tipo emocional, las que se hacen con el corazón, son mucho más numerosas que los dos anteriores grupos, es en lo que basamos nuestra vida, y es lo que a mi me gusta llamar impulso. Un impulso es aquello que hacemos independientemente de lo que nos diga nuestra raíz lógica. Si nuestra lógica nos dice que practicar el salto con paracaídas es peligroso, a nuestro corazón le da igual, porque aplica un impulso, y lo terminaremos haciendo. Y después de hacerlo decimos que somos más felices por haberlo hecho, cuando en realidad hemos llevado a cabo un impulso  que era necesario para nosotros. Es como comprarnos todas las cosas que deseemos, seremos caprichosos y siempre desearemos cosas, cada vez más extravagantes. Lo mismo pasaría con los impulsos, si los voy cumpliendo todos sin aplicar de vez en cuando la lógica, acabaré teniendo impulsos de extraña índole.

Lo que afirmo con todo esto es lo siguiente: si tomamos como premisa que el fin último es la felicidad, y aplicamos lo hasta ahora dicho, me atrevo a decir que tanto da nuestro fin, porque no tenemos medios para asegurar nuestra felicidad. No podemos afirmar que comprar un coche nuevo, saltar en paracaídas o lo que sea nos hará más felices (en especial después de que haya pasado un tiempo después de hacerlo, que ya no nos hará para nada felices posiblemente), simplemente hacemos lo que nuestros impulsos dicen, y a veces le aplicamos lógica y/o raíz animal para asegurarnos nuestra integridad física o personal. Por lo tanto, el ser humano es de naturaleza impulsiva, tiene impulsos a largo plazo que llamamos "sueños" (quiero ser cantante famoso, escritor, dirigir mi propia empresa...) pero no tienen que necesariamente hacernos felices. Y aquí es donde llega la conclusión por la cual comencé este ensayo: en realidad, hemos perdido felicidad total. Y me explico. Imagine un hombre del año 500.000 antes de Cristo, por ejemplo. ¿Qué puedes hacer? Si quieres comer, puedes comer carne, pescado o bayas. Si quieres trabajar, hacer hachas, cazar o pescar. También puedes pintar, tendrás hijos, etc. Ahora sé tú mismo. Si quieres comer, puedes ir de restaurante, al supermercado... y elegir entre miles de productos. Si quieres trabajar, puedes hacerlo en lo que imagines. Si quieres hacer algo en tus horas de ocio, las posibilidades son infinitas. Por lo tanto, esa enorme amplitud de posibilidades ha hecho que perdamos de vista las que realmente llevan a ser felices. Antes era mucho más fácil ser feliz (felicidad relativa al hombre del año 500.000 antes de Cristo) que ahora. Y la felicidad última es siempre la misma, no puedes ser más feliz ahora, simplemente tienes más opciones para serlo, pero los caminos no aseguran un destino mejor. Si quieres ir de aquí a China puedes ir de mil maneras y por mil sitios, pero China será la misma. Y es más, muchos caminos y destinos que tomes pueden significar tu final del camino, con lo que habrás viajado hacia China sin haber llegado jamás. Se entienda: habrás ido hacia la felicidad, pero esa enormidad de camino ha hecho que jamás la alcances.

sábado, 2 de abril de 2011

Oriente y Occidente: la diferencia histórico-cultural

"Quiero hacer un breve anuncio aquí, está quemando un pequeño monte frente a mi piso, un monte lleno de casas, y es un incendio bastante grande que, además, está girando hacia la zona urbanizada. Me siento bastante mal, impotente, mirando desde aquí cómo el monte deja paso a la tierra quemada sin poder hacer nada más que esperar a que los bomberos hagan bien su trabajo, sin que nadie lamente ningún tipo de pérdida. Prosigo con lo que iba a poner:"

Este es un breve compendio, muy rápidamente creado, sobre la marcha, no revisado y que se deja mucho en el tintero para evitar que sea demasiado extenso.Voy a poner una comparativa que es totalmente desalentadora:

China, año 1026 D.C.: un artilugio llamado “hombre de latón” fue construido. Se trataba de un instrumento para explicar la acupuntura. Junto a este hombrecillo, el doctor Wang escribió “Ilustración de la acupuntura y moxibustión del Hombre de latón” [En chino: “Torng Ren Yu Shiuh Jen Jeou Twu”], donde explicaba la relación de los 12 órganos y los 12 canales Chi. Era una obra de unificación de la teoría de la acupuntura.

España, año 1099 D.C.: moría Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador, en una España inmersa en la Reconquista. No se conocía nada parecido a la medicina (la más avanzada de nuestro mundo era la musulmana, pero no era permitida entre cristianos), y de hecho será perseguido durante siglos todo aquel que emplease remedios de hierbas u otros métodos para la curación, tachados estos de herejes.


Mientras China vivía prósperamente, con una ciencia y medicina avanzada, España no era ni España, y sólo sabía luchar. No existía ni la ciencia, ni ningún tipo de tecnología, ni administraciones eficientes, ni nada de nada. Y lo que es más importante, China conocía algo que Occidente jamás pudo ver: el Chi. El Chi viene a ser como una energía (estudios recientes tratan de demostrar que se basa de energía eléctrica) que circularía por una serie de canales, lo que se sumaría a las venas, arterias y conductos linfáticos. Estos canales no son físicos, pues hubiera sido fácilmente demostrable para la medicina la existencia del Chi, pero parece totalmente necesario tomar su existencia como cierta cuando no sólo China ha curado a millones de personas usando ese conocimiento, sino que además esta región ha desarrollado filosofías de vida (eficaces) a raíz de esta.
Pero no quería yo entrar a discutir la existencia del Chi o todo lo perteneciente a la práctica del mismo (Chi Kung), lo cual, dicho sea de paso, me parece totalmente cierto, real y necesario para poder explicar todo lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Lo que quería yo decir aquí era el enorme avance intelectual sobre nosotros. Fíjense, no recuerdo bien el año, pero antes de que España quedara unida, en China ya se diseccionaban cadáveres para hacer avanzar la medicina. ¡Diseccionar cadáveres! Era una práctica totalmente prohibida en el mundo cristiano. Y ahí está, de nuevo, nuestra piedra, nuestro lastre: el cristianismo. Antes que nada, quiero decir que el cristianismo para la península ibérica fue una bendición al principio, bendición que acabamos pagando muy caro. Fue gracias al cristianismo por lo cual los reinos no musulmanes del norte de la península se unieron (y pasaron a denominarse los reinos cristianos) y comenzaron la Reconquista (una cruzada, al fin y al cabo) para recuperar los territorios históricamente nuestros. Pero tan cómodamente se instaló el cristianismo, y de una forma tan macabra, que no fue hasta la invasión de Napoleón que nos deshicimos de la Santa Inquisición. Todo el mundo conocerá a la Santa Inquisición Española (llamada también Santo Oficio) como una institución encargada de mantener el cristianismo a toda costa, y que acusó de herejes y torturó hasta la muerte a cientos de personas. Pero la parte culturalmente más importante fue la enorme censura que mantenía sobre cualquier obra de contenido “hereje”, es decir, todo pensamiento liberal, moderno, científico o que, resumiendo, se opusiese a los intereses de la Curia Romana. Esto supuso la muerte intelectual de España hasta el siglo XIX, que comenzó a abrirse a nuevas ideas poco a poco. Pasa lo contrario con China, que a partir del siglo XIX es cuando pierde todo el poder y prestigio. Era durante la dinastía Qing, que sufrió, por cierto, una serie de rebeliones, la más conocida fue la “Rebelión de Taiping”, en la cual llegaron a luchar por el bando rebelde cerda de 2-3 millones de hombres en el año 1860. Es curioso saber que el ejército rebelde, que se llamaba a sí mismo “Reino Celestial de la Gran Paz”, tenía tendencia cristiana, aunque en realidad esta era una reinterpretación de la Biblia, añadiendo algunos cambios a su antojo. Debo decir que no conocía de esta rebelión, y que me estoy sorprendiendo por lo que estoy mirando por encima (en Wikipedia, cómo no). Les pongo las normas establecidas en las provincias controladas bajo el poder del “Reino Celestial de la Gran Paz”:

  1. La base de estudio para las examinaciones imperiales para los oficiales cambiaría de los preceptos confucionistas a los cristianos.
  2. La propiedad privada sería abolida y todo terreno era propiedad y distribuido por el reino.
  3. Se estableció un calendario solar que reemplazó al calendario lunar clásico.
  4. No existiría una sociedad por clases y los sexos fueron declarados iguales. Fue el primer régimen chino en admitir a las mujeres para la examinación imperial.
  5. Se promovió la monogamia y se prohibió la poligamia y el concubinato.
  6. Se prohibió el atrofiamiento de pies , que era una costumbre muy difundida en China.
  7. Se prohibió además el consumo de opio, los juegos de azar, el tabaco, el alcohol, la esclavitud y la prostitución.

Sorprendente, era un territorio, idealmente, cristiano-comunista (comunero, mejor dicho)-progresista. En la práctica no se aplicaba nada de esto, o se hacía mal, y era tan militarista que no funcionaba más que el ejército (por otra parte, para mantener al ejército antes dicho, es normal que necesitasen de todos los medios disponibles).

Como iba diciendo después de este breve paréntesis sorprendente (al menos para mí), comentaba que China tuvo grandes pérdidas en el siglo XIX, después de esas rebeliones, sufrió dos guerras contra Reino Unido, las conocidas como “Guerras del Opio”, que definitivamente pierden, teniendo que ceder Hong Kong, y dando derechos comerciales y de paso a las potencias occidentales. Además, antes de que termine el siglo, china pierde la guerra contra Japón, por la cual tiene que ceder Corea. China se pasó sin pena ni gloria, entre grandes revoluciones (una de ellas, la de Mao Zedong, vencería y proclamaría la actual República Popular China) y guerras contra Japón, la primera mitad del siglo XX, pero poco a poco Occidente y Oriente se fueron acercando hasta nuestros días, que somos (en especial España) aliados cercanos, casi amigos. Y de China no sólo vienen oportunidades para nuestras empresas y productos baratos de baja calidad, sino que también llega todo su pensamiento, exótico para nosotros, y quizá por ello muy atractivo, al menos a mis ojos. Cuando tuve en mis manos el “I Ching” [“El libro de las mutaciones”] sobre adivinación quede encantado, no digamos ya cuando leí el “Tao Te Ching” [“El libro del Camino”] de Lao Tse. A mi propia forma de pensar le añadí totalmente lo que me había transmitido ese libro, ese taoísmo, y desde luego quedé muy influenciado por ello. A veces me gustaría decir que mi “religión” (entiéndase filosofía, que es más correcto para referirse a ello) es el taoísmo, pero lo cierto es que es más una reinterpretación personal, es lo que pensé después de leerlo. De todas formas, es un libro bello, donde se aprende mucho. Actualmente he decidido lo que ya llevaba mucho tiempo planeando, meterme de lleno en el estudio del Chi, la acupuntura y el masaje Qigong, todos métodos de medicina que, aunque aquí consideremos tradicionales (e incluso falsos), en realidad se usan a diario allí, con unos resultados totalmente exitosos. Esa es la gran diferencia entre Oriente y Occidente, una diferencia histórica, marcada por la religión y la imposibilidad de un pensamiento progresista durante muchos siglos. Una diferencia que sigue vigente, y que, así lo creo, esta llamada a gobernar el mundo durante los años venideros: sólo aquel que históricamente ha sido intelectualmente superior podrá situarse por encima intelectualmente de los demás.

domingo, 13 de marzo de 2011

Comentarios variados


Meditaciones y prolegómenos

Hoy en día, cuando la sociedad mundial se embarca en su proceso de disgregación racial creo que es obligación humana que cualquier persona que sienta indignación respecto al tema eleve su voz por encima del griterío de la muchedumbre. Bien, yo soy uno de esos que quieren elevar su voz y decir basta, y decirle no a la tendencia xenófoba e intransigente que reina cada día más en Europa. No pretendo hacer de este un ensayo sobre el cual sentar alguna corriente filosófica o moral, bien lejos estoy yo de poder hacer eso, de poder exponer tan ordenadamente mis pensamientos como Hume, Schopenhauer, Sartre o el gran Ortega y Gasset. Tampoco pretendo, al nombrarlos, igualarme con ellos, eso jamás, pero veo importante, quizás no para ustedes pero sí para mí, tenerlos ahí, presentes, para no olvidarme mi cometido: hablar como ser humano sobre los problemas que aquejan a la sociedad.

¿Con qué derecho? Es una pregunta que podrían plantearse, pero que no tiene compleja solución: el derecho humano. Si bien es cierto que en cuestiones éticas, morales y culturales no existe una regla prefijada como válida y correcta, pero creo que existen una cantidad de buenas directrices sobre las que fijarse a la hora de pretender hacer lo que me dispongo a hacer. Las directrices no son otras que las marcadas por el sentido común, que a menudo es desoído, no porque le falte razón (nunca podrá faltarle razón al sentido común), sino porque algo grita por encima de la voz calmada y suave de este sentido. Les diré lo que grita por encima de esto: el odio, el desprecio, la arrogancia, la xenofobia y en general todo lo que hace al ser humano perder lo más humano de sí mismo.

No soy adalid de ideas nuevas y revolucionarias, tan sólo tengo de mi parte las más viejas formas de entender al ser humano, ideas de progreso, de unión, y sobre todo de entendimiento mutuo, más allá de toda sociedad, cultura o religión. Ideas antiguas que han de ser hoy aplicadas a nuestro mundo, cada vez más pequeño, ahora que cada vez todos estamos más cercanos.


¿Quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos?

La gran duda humana. Empezaré por el medio: ¿de dónde venimos? A esto lo llamo Historia, y en ella está la respuesta. Cada uno de nosotros venimos de un pueblo, cultura o sociedad, que poco a poco ha evolucionado hacia lo que hoy somos. Y esto es un factor dado, y nada más. Discutir sobre esto es algo fuera de lugar, banal totalmente. Es curioso como algunos compañeros sudamericanos nos acusan a los españoles de haber masacrado a los pueblos que allí habitaban y de los que se consideran sus descendientes, cuando la mayoría de ellos son, precisamente, descendientes de españoles que masacraron a esos pueblos. Todos deberíamos asumir nuestra parte en la Historia sin remordimiento. Sí, es cierto que algunos pueblos hicieron cosas en el pasado deplorables, pero son nuestros antepasados los que lo han hecho, no nosotros, sintámonos orgullosos de lo que somos, de lo que estamos siendo, y sólo si odias lo que eres, sólo si te odias a ti mismo, podrás culpar a la historia de tus antepasados.

Entonces, ¿quiénes somos? Nosotros somos nosotros, y nada más. No somos los aztecas que hacían sacrificios humanos, ni los españoles que mataron aztecas. Tampoco somos culpables de vencer en Pavía ni perder en Trafalgar. Ni somos franceses esclavizando África, ni ingleses subyugando Asia. Hay que asumir la historia, no sentirse culpable de ella. Entonces, podríamos pensar, ¿estoy sugiriendo que actuamos debidamente en todas esas cuestiones? No, nunca he dicho eso, pero lanzo una pregunta a la pregunta, ¿podemos cambiar la historia? Me temo que no. Además, como bien se sabe, el primer paso para solucionar un problema es admitirlo. Admitamos nuestra historia, asumámosla, abracémosla, pero tengámosla siempre presente para no repetirla en el futuro, pues para eso existe la historia, para advertirnos de los problemas y evitar que vuelvan a ocurrir. Sí, nosotros los españoles conquistamos a las tribus americanas, pero nunca volveremos a permitir que un pueblo sea subyugado bajo el poder de otro que se considera superior.

Entonces, ¿a dónde vamos? Nosotros decidimos esto. De dónde venimos es una cuestión histórica, ya dada. Quiénes somos es una cuestión humana, un tanto influenciada por la Historia, pero mucho más influenciada por nuestro propio pensamiento sobre todos los pueblos de la Tierra. Pero a dónde estamos yendo es sólo decisión nuestra. Cada uno de nuestras decisiones están haciendo historia, están escribiendo el “de dónde venimos” con el que tendrán que lidiar nuestros predecesores. ¿A dónde vamos? ¿Nos daremos la espalda e iremos cada uno por nuestro lado? ¿Nos tiraremos por el abismo del odio, donde nos espera la muerte segura? ¿Nos abandonaremos, después de todo lo que nos debemos unos a otros? Nosotros elegimos la respuesta, nosotros elegimos el camino. Tenemos el timón, el viento siempre sopla, ¿lograremos cruzar juntos el cabo Buena Esperanza, o perderemos la vida cada uno por su lado, como tantos otros antes?


Los pueblos occidentales: Europa y la Esfera mediterránea

La actualidad está repleta, desde hace unos meses, por revueltas en el mundo árabe. Los ciudadanos de Túnez, en un grito contra el mandatario de su país, han salido a la calle y ha logrado expulsarlo. Al ver esto, numerosos ciudadanos de otros países han seguido su ritmo: en Egipto han triunfado; en Libia están en plena guerra civil. Ha habido algún intento en otros países del golfo Pérsico, pero no parece que vayan a tener demasiada suerte.

En cualquier caso, me sorprendió muchísimo ver a los tunecinos y egipcios en la calle, organizándose, clamando por sus derechos, montando hospitales improvisados para los heridos... Cuando los he visto, he pensado, “¿qué hacemos con Europa? Nosotros somos como ellos”. Claro que la Unión Europea es una unión monetaria y económica, y paremos de contar, porque en lo que se refiere a pueblos, españoles, franceses, ingleses y alemanes nos parecemos tanto como una piña de un plátano: en que son frutas. Sí, estamos en Europa todos, pero ingleses, franceses y españoles nos hemos hecho la guerra durante siglos y siglos, y no nos engañemos, algo de eso siempre queda. Si no fuera así, yo me llevaría estupendamente con los ingleses, cosa harto imposible. Quizás españoles y franceses tengamos algún punto en común, pero nada relevante, serían más por casualidad que por otra cosa. Y fíjense que no meto a los alemanes en el asunto, porque además de ser una nación joven, son unas personas frías, distantes y poco amigables con los extranjeros. Van en sentido contrario que españoles y franceses (y apostaría que ingleses también). Con lo cual, la idea de Europa como nación es una idea bella, útil, muy pragmática y necesaria para progresar, pero en cuanto a pueblos, es imposible.

Debo añadir, de todas formas, que yo soy una persona partidaria de tal unión, pero precisamente el querer tal unión me ha llevado a plantearme esa duda, la duda de si la unión de pueblos era posible. Imagínense decir que los españoles somos iguales en costumbres y manías que los polacos, los ingleses que los serbios o los franceses que los eslovacos. Me parece una idea, digámoslo todo, absurda. Y eso me ha planteado lo que sigue: entonces, ¿en que “tipo” de pueblos encaja España? Aquí es donde cobra sentido lo dicho en el primer párrafo, y el término Esfera mediterránea.

España desde siempre ha sido una nación donde ir a tomar algo al bar con nuestros amigos y conocidos es cosa común. Hasta ahí, muchas naciones lo tienen en común. Pero en verdad en España no es (o era, los tiempos cambian) extraño que terminases hablando con una persona totalmente desconocida, y al final de la jornada te despidieses con unas palmaditas informales en el hombro. Intenten ir a un país de centroeuropa, llegar a alguna cervecería y hablar con algún desconocido. No sólo te miraran raro (cosa obvia en un principio), sino que en realidad te despreciarán. No existe ninguna posibilidad de que tengas una amistad de forma informal con alguien que acabas de conocer. No está bien visto que se hable sobre política u otros asuntos en lugares públicos. Y siempre que digo esto, recuerdo a los griegos, reuniéndose para hablar de todo sin ningún problema. Es aquí cuando digo, ¿tendremos algo en común con los griegos? Porque bien es sabido lo que nos gusta a los españoles hablar de todos los temas. Bien sabido es que un español habla siempre de cualquier tema, especialmente si no sabe absolutamente nada sobre el mismo.

Entonces, digamos que hay un algo, un germen de personas abiertas a hablar de todo, a enseñar nuestros sentimientos en público, a trabar amistad, a ser informales. Y ese germen, como acabo de decir, está en el pueblo griego, así como en el español. Pero, ¿solamente en esos dos pueblos se puede encontrar? Por lo que sé, no. Al menos otra nación tiene ese germen: Italia. Según creo no somos tan diferentes españoles de italianos, quizás no tan diferentes como con los griegos que, me perdonen por lo que voy a decir, tienen rasgos más de Oriente, más de Turquía. Pero en cualquier caso, si continuamos uniendo anécdotas de aquí y de allá, se saca también la conclusión de que los pueblos del norte de África son también portadores de ese germen de sociabilidad. Al fin y al cabo, esos pueblos son pueblos acostumbrados al regateo y mercadeo con gentes de otras culturas que hablan distinta lengua, y nunca han tenido problema para entenderse, porque para entenderse con personas del mundo no es necesario hablar inglés, simplemente se necesita una sonrisa y predisposición. Y no sentirse superior a los demás, debo añadir.

Pero recientemente he tenido noticias de que esto llega más allá, y las gentes de la antigua Yugoslavia, en la zona del Adriático, son personas también muy abiertas, al menos las situadas en la costa (las provincias de la República de Venecia en su momento). Toda esta amalgama de pueblos tienen una base en común, una vieja base histórica, que no es otra que la del antiguo Imperio Romano.


Esa fue la gran extensión del Imperio Romano. Muchos más territorios de los que yo he nombrado aquí. Y podría ser cierto que fuesen tan grandes, que Francia, el sur de centroeuropa, Inglaterra e incluso el Caúcaso tuviese algo en común con nosotros. Pero quizás el mapa que me es más relevante, más cercano y más exacto es el siguiente, posterior en fecha al anterior:



En cualquier caso, es más correcto referirse al Imperio Romano en general para decir que fue el que implantó ese germen en las sociedades, aunque el mapa del Imperio Romano de Oriente sea más “correcto” geográficamente hablando.

Todo esto que he expuesto nos lleva a pensar en la Esfera mediterránea, que no es otra cosa que esos pueblos que, sin tener nada en común aparentemente, tienen una base importante.

Es cierto que he estado manteniendo que esto es debido a la conquista del Imperio Romano, pero también puede ser debido al clima mediterráneo, que no deja de ser común para todos esos pueblos. Sí, es cierto que es un elemento en común, pero no funciona en solitario, como no lo hace el germen, la semilla, dejada por los romanos. Los romanos tiraron esa semilla en diversas tierras, pero tan sólo las de clima mediterráneo florecieron: esa es una forma de explicarlo más correcta; así es como se podría explicar que en pueblos como ingleses o franceses no se haya desarrollado (no plenamente al menos) esa semilla.


La solidaridad: concepto y desengaño

Hace algún tiempo había hecho toda una especie de teoría, y ahora me dispongo a intentar plasmarla en estas líneas. El título, concepto y desengaño, trata ya de introducirnos al asunto: yo planteo la solidaridad como defecto, y no como exceso. Me explico. El concepto solidaridad está entre nosotros como una virtud, como un, digamos impulso, humano, que nos lleva a ayudar desinteresadamente a otros seres humanos. Concuerdo en que, efectivamente, la solidaridad nos lleva a ayudar a otros seres humanos (y por lo tanto, no nos engañemos, es muy positiva). Pero, ¿lo hacemos desinteresadamente?

Alto ahí. No comiencen a resoplar, a farfullar y a increpar tan a la ligera. Como he dicho, la solidaridad es positiva, mueve mundos, salva vidas. Pero, estarán de acuerdo conmigo que, cuando a una persona le da la “vena” solidaria, es común que diga: “no aguanto más ver a esos niños muriéndose de hambre”. Acto seguido se asocia a la Cruz Roja o a la ONG de turno. Curiosa frase, ¿verdad? Seamos algo pícaros y trastoquémosla, ¿no suena extrañamente parecida a “me están arruinando la comida con esas imágenes”? Cierto es que quizás se haya exagerado un poco, pero bien podría concluir cualquier persona que se ayuda sólo cuando vemos el mal, cuando el mal entra por nuestros ojos, nos arruina el día y pensamos en lo desastroso que es el mundo. En líneas del pensamiento de Pérez-Reverte, que, por cierto, me cautivó la primera vez que leí sobre esa “filosofía”, alguien debería informar a esa gente de que eso es lo normal, que eso está a la orden del día en decenas de países, que lo raro es lo nuestro, que vivimos en un analgésico, como drogados, y sólo cuando algo anómalo entra en nuestra vida (esas imágenes de muerte y hambre) nos despertamos. Ese despertar dura más o menos, a algunos se les pasa, como quien se cura de una gripe, y sigue con su vida. Otros, sin embargo, comienzan a pensar sobre ello, y deciden que tienen que hacer algo para solucionarlo. Pero en verdad, ¿cuánto es buena fe, y cuánto es necesidad personal? En verdad no intervienen (no todos, al menos) por salvar al niño, sino porque detestan ver el mundo como es, y quieren ver un mundo más bello. Lo quieren para ellos (y para sus hijos, como suelen decir). Y cada cierto tiempo tienen que volver a su sociedad, a meterse un chute de sociedad occidental. Lo que ocurre a veces es que algunos ya no son los mismos, y comienzan a sentirse muertos en la sociedad occidental. El analgésico les sabe a veneno, y desean volver a la muerte y la hambruna, donde poder estar ocupados. Se vuelve su medio natural. Solo esas personas son realmente desinteresadas, el resto ayudan bien por la foto (entiéndase, por hablar en la sobremesa lo mucho que ha ayudado, lo duro que es aquello, etc, como si hubiese salvado millones de vidas), o bien por necesidad personal, la necesidad (repito, necesidad que lleva a un buen fin) de sentirse bien consigo mismo.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El ser humano y su aberración

Acababa de terminar otro libro de don Ortega y Gasset, "Estudios sobre el amor", y como solía pasar, me daban ganas de ensayar. Cierto es que el tema que trata es controvertido, debido a que en primer lugar, la brecha que nos separan son casi un siglo. En ese tiempo, el amor a cambiadotanto (o más) que el resto de las cosas. Y, en segundo lugar, el tema nunca ha llevado a grandes conclusiones. Pero lejos de todo esto, hay que aprender a extrapolar conclusiones, puntos de vista, formas de sacar adelante ideas, y toda aquella cosa que sea útil. Creo que ha sido una gran lectura en la cual he ganado mucho.


Y lejos de esto en cuanto a tema (casi en el otro extremo), vengo a plantear un tema que me ronda la cabeza desde hace tiempo, que crea controversia por donde brota, y que parece que nadie se atreve a plantear "seriamente": ¿hasta que punto es lícito terminar con la vida de alguien? O de una manera más ligera, ¿la pena de muerte es una solución?


Me permito añadir, rápidamente, el por qué de esta pregunta, antes de que nadie critique lo que quizás no conozca. Por doquier, cuando algún asesino despiadado, que asesina niños o comete crímenes atroces del estilo, se oyen comentarios que hacen plantearse esa pregunta que yo me atrevo a replantear. Bien, el que aún esté leyendo, le sugiero que continúe sin prejuicios, sin miedo a que nadie piense de él en mala forma. Que prosiga, y que no tema lo que pueda llegar a pensar, pues pensar es siempre correcto.



 Las personas... ¿son siempre personas?



O visto de otra manera, ¿se puede perder el estatus "persona"? ¿Qué significa ser una persona? Me consta que ha sido definido tal término de la siguiente manera: "Un ser social dotado de posibilidad (al igual que el resto de los animales), junto con la inteligencia y la voluntad propiamente humanas." No vayamos más allá de la tercera palabra: social. Social es perteneciente a la sociedad, y esta es, según la RAE: "Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida."

Con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida. Curioso, ¿verdad? Entonces, persona será algo como: Un ser que, mediante la cooperación con otras personas, trabaja con el fin de cumplir todos o alguno de los fines de la vida. ¿El asesinato es, pues, un fin de la vida? Por supuesto, no. Entonces, el asesino, en cuanto a que no es parte de la sociedad, no es persona, pues no puede cumplir el mínimo para serlo. Y no sólo no es persona, sino que, además, ha acabado con la vida de personas, y además, podría terminar con la vida de alguna más. El asesino, pues, es un ser de naturaleza incierta, lejano al término persona, que puede atentar y atenta contra la seguridad de la sociedad y del las personas que la conforman.


Entonces, ¿no es lícito asegurar la seguridad de las personas? Mi respuesta, como la de todos, es sí. ¿Hasta que punto estamos dispuestos a proveer de esa seguridad? Aquí la respuesta es diversa. Normalmente, las personas que más creen en la seguridad y la justicia, terminan o bien en pena de muerte, o bien en cadena perpetua. Ambas son buenas formas de apartar a un asesino de la sociedad, pero me temo que por pura necesidad moral tengo que ir directamente a estar a favor de la pena de muerte. Me explico:


Desde mi punto de vista, el hacer sufrir a otra persona jamás es lícito, nos hace ser menos personas. Y eso en los términos que sean, no sólo en asesinatos y penas. Por lo tanto, para mí, mantener a una persona recluida de por vida en una cárcel me parece una forma de sufrimiento terrible, sería obligar al encarcelado a aferrarse a la esperanza de que algún día saldrá, cuando eso jamás va a pasar. Por lo tanto, esa razón, un tanto resumida, es la cuál me hace estar a favor de las penas capitales, pero matizo: penas capitales, sin sufrimiento, sin esperas.

Acusar a alguien a morir y mantenerlo veinte años encarcelado hasta que le das su castigo es también un sufrimiento para él, y ni la persona más caída en desgracia, ni el asesino más salvaje, se merece que nosotros lleguemos a esos términos, a hacerle sufrir por lo que ha hecho, como algunos aseguran. No, matar a alguien no es un acto de venganza, y eso es importante decirlo. No se hace para vengar al muerto, sino para asegurar la seguridad de las personas que aún están vivas. Por lo tanto, no deben equivocarse las personas, que no se dejen llevar por el odio, que no disfruten de forma perversa con la muerte del asesino de su ser querido. Lo que deben creer es que se ha hecho justicia, y que la seguridad de otros está garantizada, que no se dejen arrastrar por malos pensamientos, pero que sientan que la justicia asegura que el alma de su ser querido descansa en paz, y asegura también que otras almas se le unan antes de tiempo.


En términos resumidos, la pena de muerte es un duro castigo (debe de estar exento de dolor para el castigado, pues el sufrimiento no es permisible nunca), pero que se ha de dar para asegurar la seguridad de otras personas, otros seres queridos, y para asegurar la seguridad de nosotros mismos.

No es asesinar a una persona, es castigar a una aberración de ser humano.



Jesus Burgos-Lobo,

"Compendios rápidos"

viernes, 12 de noviembre de 2010

El necesitarismo pragmático

Ya podría decirse que he acuñado ese término, que es en realidad lejano al pragmatismo y al necesitarismo, o, mejor dicho, que está creado con significado lejano a ambas filosofías. El necesitarismo pragmático es, precisamente, eso mismo: "hacer lo que es necesario hacer" y añadiría, como apoyo a su entendimiento, "sin importar tus prejuicios o ideologías". Esto vendría a explicar el comportamiento que deberían tener los economistas en política, o cualquier persona que desee sacar adelante a su país en malos tiempos: da igual el partido, los datos son los datos y las medidas necesarias la solución.

Dicho esto, queda constatado la mayor dificultad para "hacer necesitarismo pragmático", que es delimitar el problema y la solución, y sobre esto me cerniré.


El problema:

Puede que digan que este apartado queda claro sin necesidad de explicarlo. Que la gente muera de hambre es un problema, y serio. De acuerdo, sí. Pero, ¿todos son tan evidentes? Es evidente que la crisis actual es un problema, también, pero... ¿No será que el problema viene antes? ¿No será que alguien no quiso ver el problema? ¿O no es cierto acaso que el panorama internacional dejaba a los activos tóxicos moverse con tal libertad que llegaron hasta a "camuflarse" en los balances de las empresas? Vale, asumamos ahora mismo que si era un problema, pero que era imposible saber que esto estallaría con tales consecuencias. Refutación: España blindó a sus bancos frente a ese tipo de activos, y prácticamente salió indemne de esa gran explosión. Lo que ocurrió (aunque no venga al cuento) es que se encerró en un fuerte búnker para resistir el bombardeo y no vio las cajas de TNT con mecha encendida que tenía detrás (entiéndase, burbuja inmobiliaria).

Con eso quiero decir que los problemas son relativos a los países, y que no todos pueden verlos. Y también que aquello que pudiera parecer un problema no tiene por qué serlo a largo plazo. Yo soy de los que piensan que esta crisis inmobiliaria española no es un problema, sino una solución (dura sí, pero eficaz también), que nos abre los ojos para restringir la construcción alocada de pisos y tender hacia especializaciones en otras ramas de la economía.

Y extrapolemos, o volvamos al tema, dejemos países a un lado, volvamos a la persona, que es a fin de cuentas lo realmente importante: las naciones nacen y mueren por la voluntad de sus gentes. Entonces, efectivamente el gran pilar de un Estado es su gente. Esto no es novedad (no debería serlo) a pesar de que la gran mayoría de los países del mundo no tienen en cuenta este tema, y no me refiero a Economía del Bienestar, sino a los habitantes en dos conceptos: la gente y las personas influyentes).


Las personas influyentes y la gente de la calle:

En palabras de Ortega y Gasset, estas personas son ejemplos para la sociedad, son los comportamientos que el pueblo debe seguir. Una nación en la cual los investigadores se ven con admiración, en la que los políticos se respetan y trabajan juntos, en el cual la lectura es un hobby habitual y donde la gente está acostumbrada a exponer sus razonamientos y puntos de vista en educadas conversaciones con sus contiguos u opuestos será una nación superdesarrollada intelectualmente. Desde el labriego al jefe de Estado; desde el albañil al directivo, todos serán (al menos de media) mucho más "humanos". Y me permito esa palabra, porque la humanidad no es colaborar con los desamparados únicamente. Hay que ser solidario para ser humano (aunque podría argumentar que la solidaridad no existen en realidad), pero también hay que ser educado, hay que ser culto, hay que pensar y hay, sobre todo, que respetar. Esta claro que una persona analfabeta y sin cultura puede ser humano (a veces más que el resto), así que, como variables determinantes tendremos el respeto (englobando el no ser maleducado) y la solidaridad.

En estos países la democracia es más justa, más perfecta, pues todos entienden los argumentos contrarios, los respetan y, en caso de vencer o ser vencidos, trabajarán conjuntamente con el resto para mejorar. En un país menos humano (digamos España) y dividido la democracia no hace más que ensanchar la brecha entre unos y otros, logrando que se insulten pertinazmente. En estos países, desde luego, sería mejor imponer que exponer, pues apenas encontrarás a nadie que entienda y respete. Pero me alejo también de sentimientos despóticos-ilustrados, dado que no pretendo ahora nada más que explicar el término de necesitarismo pragmático (aunque ya haya abandonado esa senda en varias ocasiones).


La solución:


Antón Chéjov nos dejó una gran frase:  "cuando se sugieren muchos remedios para un solo mal, quiere decir que no se puede curar." Es una frase que en la mayor parte de los casos se hace cierta, sin embargo creo que este autor ruso no tuvo en cuenta una rama de las ciencias sociales que se dedicaba a hacer dinero y poco a poco comenzó a explicar hasta los comportamientos de los empleados en distintos ambientes de la empresa (no digamos ya extrapolaciones a la vida diaria): la economía.

En la economía me atrevería a decir que lo menos habitual es tener una solución al mismo problema. Siempre hay múltiples soluciones, y esto es un problema de por sí. Entiendo que el médico procede según una "rutina" en todas las operaciones que haga: podrá meter alguna variable, alguna pequeña innovación a la hora de actuar, pero seguirá un patrón fijo de actuación. En economía lo más probable es que haya dos maneras de hacer las cosas, y ambas sean opuestas a la vez que soluciones factibles. Rápidamente y sin meternos en detalles: subir impuestos o bajar impuestos. Ambas son decisiones contrarias, y ambas son posibles soluciones a los problemas de una economía.

Entonces, ¿cómo saber que solución tomar? Yo, yendo ahora al ámbito personal, entendería (y entiendo) de entre varias decisiones posibles, será solución aquella que tomemos, independientemente de cual sea. Esto es posible por dos razones:

-La primera, si tomamos esa decisión es porque efectivamente creemos que es la mejor de entre todas, nadie toma decisiones que cree equivocadas.

-La segunda, una decisión tomada no puede ser cambiada por otra debido a que el escenario ha cambiado. Añado: si cambiases una decisión tomada por otra antigua, en realidad estás tomando otra decisión independiente, debido a que el escenario de toma de decisiones no es el mismo (al menos ha tenido que pasar tiempo), así que sería óptimo siempre mantener decisiones que cambiarlas.


Esas dos conjeturas nos llevan obligatoriamente a pensar que la decisión tomada se vuelve automáticamente solución factible del problema, aunque no cumpla con su cometido. Esto implica que arrepentirse de una decisión sólo lleva a mayores posibilidades de fracaso de esa solución, independientemente de las posibilidades iniciales de éxito. ¿Cómo puede ser esto? Porque perdemos creencias en nuestra propia decisión (es decir, perdemos credibilidad frente a nosotros mismos con respecto a nuestra capacidad de tomar decisiones), y no hay nada más importante que mantener una decisión si realmente creemos en ella.

Ahora añado, no se debe pensar que se debe mantener esta decisión siempre, sin importar qué, sólo para mantenernos firmes y no asumir nuestro error: se debe creer en lo que uno elige; pero también se deben asumir los errores cuando estos son visibles.


En realidad estos razonamientos pueden parecer contrarios, pero no lo son, requieren grandes capacidades "humanas" para lograr un óptimo rendimiento: incluso yo mismo asumo que mantengo las decisiones a veces más de lo que debiera, aunque la tendencia a corregir esta postura es positiva.






Lo importante de todo esto no es haber comprendido los razonamientos, sino principalmente refutarlos y que cada uno adquiera lo que crea conveniente de ellos y cree nuevos, utilizándolos como base, como apoyo o, lo más importante, no usándolos.









Jesus Burgos-Lobo,

"Compendios rápidos"

lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Es el existencialismo un humanismo?

Había terminado de leer a Jean-Paul Sartre, "El existencialismo es un humanismo", y en cierta manera me había quedado maravillado. Solía quedarme maravillado cuando leía a personas de su talla (pienso ahora en el gran José Ortega y Gasset), pero realmente la concepción existencialista de las cosas me había, de alguna manera, marcado, como me había marcado esa idea de España y sus nacionalismos, y las demás maravillas de "España invertebrada".

¿Qué tiene el existencialismo de especial? Bueno, desde mi concepción es una nueva vía, una nueva forma de explicar y de explicarme: pensar que cada uno es sus actos es realmente (personalmente) desalentador. En mi vida, ha habido más palabras que actos (tanto entregados/as como recibidos/as), y decir que todo se reduce a lo que he(mos) hecho, es como decir que cada fortaleza vale los asedios que ha sufrido, que el efecto de su presencia, de esas palabras, es en realidad nada.

En cualquier caso, apruebo la fórmula existencialista, porque prima el acto sobre las palabras, y en verdad, un acto vale más que mil palabras. Conjugando un poco citas famosas, cito a Tamerlan "más vale estar presente con diez hombres que ausente con diez mil", más vale hacer poco que prometer mucho, por traducir a nuestro caso.

Y esto es así siempre, en cualquier ámbito. Política: más valen las medidas, que las promesas. Amor: más valen los actos que las palabras. Inteligencia: más vale demostrarlo que decirlo. Y encima, al menos en los dos últimos casos, "hacer actos" no hace más que reafirmar tu posición de Amor/Inteligencia. Quizás he(mos) olvidado la importancia de los actos, o quizás hemos dado demasiada importancia a las palabras; lo que está claro es lo siguiente: la demostración (el acto) de tus palabras no sólo las ratifica, sino que te ratifica.



Es realmente una maravilla lo sencillo que es a veces comprender las cosas tan sólo leyendo un buen filósofo.